viernes, 15 de mayo de 2015

Carnaval en la Llajta, largo y multifacético


LAS PROVINCIAS COMIENZAN EL CARNAVAL CUANDO EN LA CIUDAD DE COCHABAMBA SE LO DESPIDE

Carnaval en la Llajta, largo y multifacético




Los españoles introdujeron  dos carnavales, un0 celebrado en salones y otro en las calles
El Carnaval que hoy en día celebra la ciudad de Cochabamba es producto de una rica y multifacética trayectoria, llena de simbolismos, rituales, danza, música, placer y transgresiones, que llegó con la invasión de España a Latinoamérica y se quedó mezclado con las tradiciones nativas, que precisamente por estas fechas celebran el inicio de ciclos agrícolas.
Mientras el Carnaval indoeuropeo baja su tono el martes de ch’alla y se despide del desenfreno incluso el siguiente fin de semana, en el departamento de Cochabamba las provincias comienzan sus festejos que se prolongan más allá de la Pascua, pero con otro significado, como un tributo a la Pachamama por la maduración y cosecha de los frutos.
El Carnaval “cambió, se lo recreó y se lo reinventó constantemente”, dice el estudioso Gustavo Rodríguez en una investigación acerca de los 160 años de historia e identidad del Carnaval cochabambino que comienza en 1847, en medio de ello, surgieron un sinfín de prohibiciones y controles para evitar desmanes.



Según Rodríguez, no es posible establecer desde cuando se celebra el Carnaval en Cochabamba “probablemente con intermitencias ocurre desde el siglo XIV. Es seguro que para fines del siglo XVIII existía esta festividad, por entonces denominada carnestolendas”.
Lo que sí está claro es que los españoles introdujeron en Latinoamérica dos manifestaciones del Carnaval, una celebrada en salones y palacios, a puertas cerradas a la manera española, y el popular en las calles. Ambos se diferenciaban por el tipo de música, bailes y comidas.
Más tarde, la aristocracia volcó su algarabía a las calles logrando perpetuar la tradición europea y desplazando al Carnaval de la plebe que acabó llevando su fiesta a las periferias de la ciudad y al campo, lo que permitió que la aristocracia arme en las calles intensas guerras con cascarones de huevos y cohetillos durante el día.
El médico Julio Rodríguez describía en 1877, cómo jóvenes mancebos armaban de día descomunales batallas con las señoras, que desde sus ventanas defendían obstinadamente sus fuertes. Los bailes de noche, pasaron del exquisito chocolate que se bebía a puertas cerradas a suculentos vinos y ponches y a cuadrillas y polkas que pasaron a reemplazar al minué y al londú de antaño.
En tanto, “el antiguo Carnaval de raíz plebeya y de origen colonial, quedaba paulatinamente confinado a la periferia más pobre y alejada de la ciudad. En los barrios populares, como Las Cuadras, Kara Kota, Jaihuayco o Cala Cala, artesanos, comerciantes y campesinos continuaban bailando cuecas y bailecitos con el mismo gusto y desenfreno de antes”, señala Rodríguez.
Poco antes,  cuando el pueblo se divertía en las calles, durante los años 40s del siglo XIX, se interpretaban y bailaban “bailecitos de la tierra” de procedencia peruana como “moza mala” de origen negro y ritmos eróticos y la “zamacueca” baile de pareja suelta, al son de guitarra, pinkillo, un tamboril y una flauta de pastores.
Durante la festividad, los cochabambinos, principalmente los del sector popular, se lanzaban a las calles con inusitada alegría, ostentando toda la gala de vestidos rústicos, trayendo flores y frutas en la cabeza.
Más tarde, las fiestas se trasladarían al baile de máscaras en el teatro Achá (después en el Club Social) para cortar el peligro de que la plebe se aproxime a señoritas y señoritos y evitarles muchos desagrados y chascos picantes. Esa reclusión permitía imponer control sobre las fiestas, cortar la presencia de los sectores populares y preservar el “pudor” de las muchachas de la “alta sociedad”.
Las entradas carnavaleras fueron introducidas en 1887 por el ciudadano alemán Adolfo Schultze quien lo hizo a la usanza germana, tomado del Carnaval de Venecia con una variedad de disfraces.

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