Vivió un siglo para aprender a escribir su nombre y apellido
Escribir su propio nombre… fue lo que Valeriana Avilés Riva recuerda como lo mejor que le pasó en sus casi 104 años de vida.
Tuvo que vivir un siglo para ver, en el ocaso de su existencia, la luz del conocimiento. Nació el 14 de mayo de 1907.
Fue un logro que le costó mucho esfuerzo, pues a pesar de que su pierna izquierda ya casi no tiene fuerza para mantenerla en pie, ella fue capaz de caminar hasta la escuela que se encuentra a tres cuadras de su casa en Morochata, cada tarde, para pasar clases en el programa de alfabetización “Yo si puedo”, en el cual aprendió después de un siglo de vida a escribir su nombre.
“Las mujeres no íbamos a la escuela, yo no fui, somos sin escuela, así nomás nos crió nuestra mamá, antiguamente no había escuela, sólo había una escuela particular, eso también llegó cuando ya era joven”, explicó.
Después abrió una bolsa de mercado en la cual guarda sus más preciados tesoros: Tres lápices, un tajador y un borrador, atesorados cuidadosamente dentro de otra bolsa, una de plástico color rosa amarrada por la parte superior con una cinta tejida por ella misma con una lana roja, “tenía cuatro lápices, pero el vecino me ha robado, se llevó uno de los míos”, explica mientras sentada sobre el colchón que está en el piso, con las piernas cruzadas muestra los útiles que tiene sobre su regazo y con los que intentará volver a escribir.
Tres cuadernos forman parte del tesoro, bien resguardados junto a un certificado que asegura que logró vencer el curso. “Ésta es mi libreta, yo soy con libreta. Esa señorita me dijo que trajo las libretas desde La Paz, de lo que aprendimos, le dijimos que nos entregue las libretas”, dice mientras toma uno de sus lápices y vuelve a repetir sobre una hoja cuadriculada la palabra Valer… “ya no veo muy bien, todo se ha vuelto un poco oscuro”.
El resto de las posesiones de la anciana se reducen a una casa de un solo cuarto en el que guarda todo lo que pudo acumular en 104 años de esfuerzo y trabajo que son una cama, dos colchones de paja, una hornilla con su garrafa, tres frazadas tejidas por ella, toda la leña que pueda caber, dos cueros de oveja, una rueca para hacer lana, un par de zapatos negros de goma y tres ollas tiznadas por el fuego. Nada más hay dentro del cuarto sin revoque, construido de barro y paja, con techo de calamina y una puerta que no tiene más de 1,50 metros de alto y dos ventanas, cerradas con algunos adobes para que no le entre el frío.
“Nosotras éramos mujeres solas, mi mamita también era sola, nuestro papá había muerto hace mucho tiempo ya no logré conocerle, seguramente murió cuando era pequeña, luego, las mujeres solas lavábamos ropa, cocinábamos, tostábamos, los patrones mandaban tostado a la ciudad, allá tenían familiares a ellos les mandaban, arvejas, maíz tostábamos, eso mandaban; había que hacer muco, por eso no tengo ni dientes de tanto muquear”, recuerda mientras disminuye el volumen de su voz para contar en un quechua perfecto que “era muy malo el patrón, les trataba muy mal a sus peones. Recuerdo una vez yo estaba pastando nuestras ovejas y, para experiencia, que se reúnan todos, había dicho… ese Pánfilo (un peón) estando con una mujer se había metido con otra, a su esposa casi la había matado pegando, de eso le castigó el patrón. A la mujer le colgó de una pierna y a él de la misma manera, cosa que pudieran mirarse de frente, ahí le había azotado tres veces, luego hizo que le azotaran todos los jefes mayorales. Él era propietario de todas las tierras de Link’u; Wayq’o; Tacata; Umachuku; Pataparanqani”.
Doña Valeriana no cuenta con más ropa que la que lleva en el cuerpo: Una pollera azul, una chompa ploma, una blusa blanca y un mandil celeste. Debajo de la pollera lleva un pantalón de lana y permanece descalza. Sus pies son tan fríos como el suelo de tierra de su casa–cuarto, por el cual transita pausadamente sin hacer ruido. Como si flotara.
“Que terreno voy a tener, esta casa tampoco es mía, es del señor Alvares, tenía mi casita mi terrenito todo se lo he dado al señor Alvares, hicimos un documento para que cuando muera el me entierre. En el campo no puedes quedarte, hay poca agua, antes se sufría demasiado, aquí hasta el agua está cerquita, de ahí nos proveemos nomás; en esta casa te vas a vivir me dijo, el me puso aquí, la casa es de don Alvares no es mía, mi terreno tenía una huertita, habían plantas de durazno”, recuerda mientras suelta el lápiz y los cuadernos para recoger en una olla, un poco de agua de lluvia que logró acumular en una batea de metal instalada al borde de la puerta de entrada de su casa. Pone la olla con algunas papas pequeñas en el fuego, para hacer un papa wayku y sigue recordando.
Sus ojos azules como el cielo parecen cubrirse por algunas nubes cuando habla de los hijos a los que no ve hace más de 40 años. “Ése mi hijo varón llegando del Chapare… mamita ya eres mayorcita no creo que vivas muchos años más, me dijo. A la persona que te atienda bien, a él se lo vas a hacer las escrituras de nuestro terreno. Yo tal vez ya no vuelva nunca más, me dijo, ya tengo mi lotecito, como sea viviré, después su lotecito del Chapare había vendido y supe que se fue a Santa Cruz, no me ha llegado más”, dijo.
Según parece, ella quiso irse de Morochata al Chapare con su hijo, pero él le explicó que “mamita ya soy joven, me dijo, tú no podrías vivir allá, tuvieras mucho miedo de los tigres, chanchos de monte, las víboras también, todas esas cosas asustan mucho, me dijo, no podrías estar como aquí, este nuestro terrenito dando en compañía te vas a hacer sembrar diciendo me dejo, desde aquel día nunca más me llego”. Recordó que su hija mujer es mayor y que después que se fue a la Argentina nunca más volvió a saber de ella.
En su rostro no hay lluvia, sólo la admisión de la preocupación que la ronda cuando piensa en las últimas horas de su vida. “mi terreno se lo regalé al señor Álvarez, yo ya no podía… ¿quién me va a enterrar?”, dice y explica que tenía miedo que su cuerpo se quede dentro de su casa sin sepultura, por eso decidió dejarle todas sus posesiones a un desconocido, a cambio de la promesa de que tras su muerte él se encargaría de comprarle un cajón y la haría enterrar con misa y cura.
Según cuentan los vecinos de Morochata y el alcalde, Juan Vegamonte, la decisión no fue mala, pues el futuro propietario del terreno, cada semana le lleva comida, papa, carne, algunas verduras y a veces arroz o azúcar, para que mientras viva no tenga hambre. “Aquí me traen los soldaditos, 200 cada mes, con eso no más estoy”, explicó haciendo referencia al Bono Dignidad, que recibe cada mes.
”Me estoy cocinando papita ahora, en las mañanas preparo chocolatito, tomo avena, esas cositas me preparo. Tecito, a veces preparo maicena.… al medio día, antes lagua, papa, eso comíamos pues, mote, tostado con eso teníamos que estar. Huevos, queso... eso comíamos”, dice mientras asegura que la comida más rica que probó su boca fueron “las tortas y los bizcochuelos”.
Nunca llegó a un hospital o a la casa de un yatiri, por su fuerte salud. “No voy a los curanderos y menos a los doctores, me sano por propia voluntad, hablando solo con Dios, no sé enfermar. Sólo le pido a Dios hasta cansarme y me sano. Dos o tres días no más enfermo. La gripe, la calentura nos agarra no, eso nomás”, dijo y después contó que hace algunas semanas, por primera vez fue a buscar a una “doctorita” que vive a dos cuadras de su casa para que le cure su pierna. Esta profesional cada vez que la ve, le fricciona la rodilla izquierda con mentisan y le invita té caliente, no puede hacer nada más, pues no es doctora, es abogada.
La mujer de 104 años sólo recuerda que sus partos le provocaron fuertes dolores. “En las manos de mi esposo nacieron mis hijos. Duele pues la barriga, hasta que nazca el bebé, aguantamos, luego nos sanamos no más. Ese día el esposo nos alcanza un poco de agua, cocina una sopita, nos alcanza, eso nomás hace así no más se queda”.
Hace una pausa larga antes de hablar del amor de su vida… “Machu soltero, era mi marido”, empieza a contar la historia con el minero que murió demasiado pronto. “Se murió hace tiempo, mi marido, él era excombatiente, estando en el servicio había entrado a la guerra, le había agarrado una bala”.
La papa ya está cocida y la generosa abuela la invita. Vuelve a tomar su lápiz y su cuaderno y buscando la luz intenta otra vez escribir su nombre. “Se me oscurece, ya se me ha oscurecido mucho, no puedo mirar… a ver, un poquito de luz. Yo creo que podría. Aquí, aquí creo que se puede…”.
MÁS AÑOS QUE MOROCHATA
Valeriana Avilés Riva, nació el 14 de mayo de 1907 y tiene casi cuatro años más que el municipio en el que vive, pues Morochata cumplió su primer centenario el 24 de enero de 2011, con una celebración en la que participaron el ministro de la Presidencia, Óscar Coca, el gobernador de Cochabamba, Edmundo Novillo, y los miembros de la Asamblea Legislativa Departamental, que declararon a esta región como la capital de la papa cochabambina.
A pesar de su siglo de vida edil, algunas de sus calles y antiguas casas ya tienen más de 400 años.
En este municipio hay más de 300 familias y su alcalde, Juan Vegamonte, informó que existen muchas personas que viven por más de un siglo porque “la alimentación de la gente siempre se hizo con base en los productos naturales, como la papa, el maíz, el chuño que se hace en las alturas, el trigo y la quinua. Antes aquí no había macarrón, azúcar o aceite, por eso hay personas que viven más de 100 años. No teníamos insecticidas ni plaguicidas, no necesitábamos fumigar”.
La minería en Bolivia
Sublevación campesina
Primer Presidente indígena
Evo Morales nació el 26 de octubre de 1959, durante el Gobierno de Hernán Siles Zuazo (MNR), en la comunidad rural de Oruro, Isallavi que pertenece al cantón de Orinoca de la provincia Sur Carangas. En las elecciones de 2005 (18 de diciembre) obtuvo el 54 por ciento de los votos, lo que le permitió acceder a la presidencia de la República. Asumió el poder el 22 de enero de 2006.
Es el tercer mandatario boliviano en la historia de la República elegido por mayoría absoluta de votos (el primero fue Hernán Siles Zuazo en 1956 y el segundo fue Víctor Paz Estenssoro en 1960).
El 6 de diciembre del 2009 logró la reelección, asumiendo el cargo el 22 de enero del 2010. (Extraído de Evo Morales – Biografía, fundación CIDOB).
Un contingente de 46.460 facilitadores y 4.999 supervisores cubanos, venezolanos y bolivianos establecieron 28.045 puntos de alfabetización y llegaron hasta remotas comunidades sin electricidad llevando equipos para garantizar las clases. Instalaron 8.350 paneles solares y entregaron 212 mil anteojos a ciudadanos con discapacidades visuales. Las mujeres representaron más del 70 por ciento de los beneficiados. Casi 30 mil personas aprendieron a leer y escribir en español, quechua y aymara.
Valeriana Avilés Riva, nació el 14 de mayo de 1907 y tiene casi cuatro años más que el municipio en el que vive, pues Morochata cumplió su primer centenario el 24 de enero de 2011, con una celebración en la que participaron el ministro de la Presidencia, Óscar Coca, el gobernador de Cochabamba, Edmundo Novillo, y los miembros de la Asamblea Legislativa Departamental, que declararon a esta región como la capital de la papa cochabambina.
A pesar de su siglo de vida edil, algunas de sus calles y antiguas casas ya tienen más de 400 años.
En este municipio hay más de 300 familias y su alcalde, Juan Vegamonte, informó que existen muchas personas que viven por más de un siglo porque “la alimentación de la gente siempre se hizo con base en los productos naturales, como la papa, el maíz, el chuño que se hace en las alturas, el trigo y la quinua. Antes aquí no había macarrón, azúcar o aceite, por eso hay personas que viven más de 100 años. No teníamos insecticidas ni plaguicidas, no necesitábamos fumigar”.
HITOS HISTÓRICOS EN LOS QUE PARTICIPÓ
“Dentro
la mina junto a mi esposo trabajábamos solo tres personas. Cuando
sacaban los metales ahí mismo era de trozar el metal, con martillo
teníamos que golpear, yo también hacía ese trabajo. Y ese producto
sacaban los varones. Mi padrino hizo trabajar esa mina. Escarbaba, hilos
tejían de eso, no. Qué cosas explotaría nuestro padrino, no sabemos
nosotros sólo sacábamos, él nomás llevaba”.
La minería en Bolivia
“El
surgimiento del estaño fue providencial para la economía boliviana que
vivía al finalizar el siglo XIX el desplome de la plata. El
descubrimiento de la veta de La Salvadora de Patiño en 1900 simboliza el
cambio. El ámbito geográfico de la riqueza minera boliviana,
distribuido en los departamentos de Potosí y Oruro no cambió desde el
inicio de la explotación colonial. El estaño no marcó la diferencia, los
grandes yacimientos se ubicaron en la misma zona y más de una vez en
las mismas minas en las que se había explotado plata.” (Historia de
Bolivia de José de Mesa, Teresa Gisbert y Carlos D. Mesa Gisbert).
REFORMA AGRARIA
“Los
patrones vendieron sus terrenos pues, los que tenían dinero se
compraban, mi yerno también se compró. Ya no hay patrones, todos se han
perdido. A la mayoría de los patrones no les quitaron sus tierras, sólo
se compraron, con su dinero se quedaron con esas tierras, así fue. En
otros lugares, los campesinos se quedaron con sus tierras, no les
pagaron, habían lindas plantas de chirimoya, pacay, paltas, esos árboles
habían, también habían dos molinos, el agua se los ha llevado. Supe que
en Yayani habían matado campesinos, no sé la verdad. Aquí, no han
asesinado a las personas, sólo cuando se prostituyeron les hizo azotar,
eso nomás”.
Sublevación campesina
Con
la Reforma Agraria promulgada con el Decreto Supremo del 2 de agosto de
1953, “se eliminó un sistema de explotación y una estructura económica
muy próximos al feudalismo. Los grandes propietarios controlaban en
latifundios más del 95 por ciento de las tierras cultivables del país.
Tanto las presiones de sectores campesinos y de la COB como la decisión
del Gobierno que había creado una comisión para definir el problema de
la reforma presidida por el vicepresidente Hernán Siles, fueron
paralelos a la propia acción de campesinos armados que comenzaron a
tomar por su cuenta haciendas en el valle cochabambino.” (Historia de
Bolivia, de José de Mesa, Teresa Gisbert y Carlos Mesa).
AUTORIDADES DE GOBIERNO
“Los
presidentes quienes serían, no sé, no recuerdo. Ellos habrían venido,
venían siempre, este camino carretero ellos hicieron abrir, antes no
teníamos ni camino, este camino se abrió cuando yo era jovencita, pero
antes, no recuerdo qué presidente llego aquí. Al Evo si le conozco, dos
veces ya ha venido, pero así no más, era demasiada la aglomeración, a
los campesinos no nos permitían acercarnos… estas cosas no más se han
llenado. Está no más bien como Presidente, él siempre nos está ayudando,
quién me hubiera dado dinero así. Evo Morales… cuando el Evo estaba
llegando esa vez pegamos esto (muestra dos afiches con la foto del
Presidente). El Evo está sonriente aquí”.
Primer Presidente indígena
Evo Morales nació el 26 de octubre de 1959, durante el Gobierno de Hernán Siles Zuazo (MNR), en la comunidad rural de Oruro, Isallavi que pertenece al cantón de Orinoca de la provincia Sur Carangas. En las elecciones de 2005 (18 de diciembre) obtuvo el 54 por ciento de los votos, lo que le permitió acceder a la presidencia de la República. Asumió el poder el 22 de enero de 2006.
Es el tercer mandatario boliviano en la historia de la República elegido por mayoría absoluta de votos (el primero fue Hernán Siles Zuazo en 1956 y el segundo fue Víctor Paz Estenssoro en 1960).
El 6 de diciembre del 2009 logró la reelección, asumiendo el cargo el 22 de enero del 2010. (Extraído de Evo Morales – Biografía, fundación CIDOB).
HECHO HISTÓRICO QUE MÁS AFECTÓ SU VIDA
“Yo si puedo”
El programa de alfabetización “Yo si puedo” empezó en mayo del 2006 y concluyó el 2009, tras 33 meses de trabajo y con una inversión de 36,7 millones de dólares. Según la información del Gobierno, 819.417 bolivianos aprendieron a leer y a escribir en los 327 municipios y 112 provincias de los nueve departamentos del país con el método audiovisual cubano “Yo sí puedo”, que además alfabetizó a unas 3,6 millones de personas en 28 países.
El programa de alfabetización “Yo si puedo” empezó en mayo del 2006 y concluyó el 2009, tras 33 meses de trabajo y con una inversión de 36,7 millones de dólares. Según la información del Gobierno, 819.417 bolivianos aprendieron a leer y a escribir en los 327 municipios y 112 provincias de los nueve departamentos del país con el método audiovisual cubano “Yo sí puedo”, que además alfabetizó a unas 3,6 millones de personas en 28 países.
Un contingente de 46.460 facilitadores y 4.999 supervisores cubanos, venezolanos y bolivianos establecieron 28.045 puntos de alfabetización y llegaron hasta remotas comunidades sin electricidad llevando equipos para garantizar las clases. Instalaron 8.350 paneles solares y entregaron 212 mil anteojos a ciudadanos con discapacidades visuales. Las mujeres representaron más del 70 por ciento de los beneficiados. Casi 30 mil personas aprendieron a leer y escribir en español, quechua y aymara.

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