Enrique y Gualberto: amistad de infancia que marcó sus
destinos
“Padre… usted va a vivir todavía muchos años más”, dijo
el papa Juan Pablo II al sacerdote Enrique Jiménez Rocha, que en esa época
tenía 80 años, en el encuentro que sostuvieron en Cochabamba el año 1988. Las
frases parecen haberse convertido en una profecía pues ya transcurrieron 23
años de haber sido declaradas por la máxima autoridad de la Iglesia Católica, y
la salud del religioso, que ya tiene 103 años, sigue fuerte como un roble.
“Yo le estaba pidiendo la bendición. Él me bendijo y me dijo:
‘Padre… usted va a vivir todavía muchos años más…’, y yo sentí en él mucha
bondad y mucha grandeza. Era un hombre que ha andado por todos los pueblos, un
hombre universal que ha trabajado por todos y ha querido unir a todo el mundo.
Él me regaló un rosario y me dijo: ‘Todos somos hermanos en forma ecuménica,
Dios es para todos y somos hermanos hijos de Dios’”, explicó el sacerdote.
“Los médicos quedaron sorprendidos por su estado de
salud”, dijo Carlos Rocha, el sobrino que cuida del padre Jiménez, quien además
lo acompañó en la operación de apéndice a la que fue sometido el anterior 28 de
enero. “Muchos médicos no se animan a operar a los ancianos porque temen que
sus defensas no respondan como debe ser, pero después de hacerle los análisis y
descubrir el perfecto estado de salud en el que se encuentra, el doctor Cornejo
aceptó operarlo. Ahora él está muy sorprendido por la recuperación de mi tío,
pues nos dijo que su cuerpo responde como el de una persona joven”, explicó.
Enrique Jiménez nació el 26 de enero de 1908 en Toco,
pueblo en el que vivió su abuela hasta los 105 años de edad. Tuvo dos hermanos,
el primero murió a los 96 años y el segundo, que es un militar retirado, tiene
también 96 años y vive en Cochabamba.
Contrariamente a lo que la mayoría de las personas
imaginaría, sus padres murieron temprano, a los 52 su madre y a los 54 su
padre. Cuando entró al seminario, sus compañeros ponían en duda que pudiera
concluirlo debido a su extremada delgadez, situación que además provocaba una
serie de bromas pues sus amigos le decían que parecía una cañahueca con sotana.
“Por decisión de Dios vivo mucho tiempo, otra cosa no puede ser. Yo no sabía
hasta cuándo iba a vivir, lo único que yo le pedía a Dios era poder ser
sacerdote, un solo día siquiera… Nunca pensé que iba a vivir tanto tiempo.
Ahora ya no quiero celebrar misas… He dejado de celebrar misas para que la
iglesia no esté mal servida”, agregó.
“Cuando yo era niño, jugaba a que era el cura. Oficiaba
misas con mis amigos, siempre tuve esa vocación”, cuenta el sacerdote al
explicar que toda su familia siempre fue muy católica y que en su decisión de
ingresar al seminario pesó mucho su abuelo, quien pertenecía a la orden de los
Franciscanos.
También habría afectado en esta inclinación, uno de sus mejores
y más queridos amigos de la niñez, Gualberto Villarroel, de quien se decía que
habría sido hijo de un sacerdote europeo de ojos claros (como los del
exmandatario) llamado Quintín y cuyo real apellido ya no recuerda.
El sacerdote Jiménez comentó con sus familiares que el
expresidente llevaba el apellido de una de sus tías, pues así lo registraron en
la iglesia, y ni siquiera llevaba el apellido de su propia madre. Esta
situación habría provocado en el padre Enrique Jiménez la necesidad de ser un
buen sacerdote y cumplir con las reglas que Dios manda para ayudar, sobre todo
a los niños. “Yo he trabajado mucho por hacer el bien. He ayudado a cinco niños
a ser médicos, también tengo a tres arquitectos”, comenta.
Gualberto Villarroel y Enrique Jiménez fueron tan amigos
que cuando el primero era jefe de Estado y el segundo párroco de Punata,
vivieron más de una aventura provocada por la chichita punateña, que puso en
aprietos al religioso por ayudar a su amigo presidente.
“Un día vino de visita su mamá que vivía en Muela. Era
una señora buena. Ahí le habían invitado bastante chicha y se había embriagado.
Así se vino a mi parroquia con su uniforme y su chicha en la mano. Yo le quité
y le acompañé en ese estado. Él vino en carril y yo le acompañé por su
seguridad”, dijo.
“Lo escondía para que la gente no viera que había tomado
mucho y después mi tío nos contó que lo traía a Cochabamba. En esa época, los
presidentes se hospedaban en el Banco del Estado”, recuerda su sobrino Carlos.
El padre Jiménez trabajó 50 años dando misas en las
parroquias y 20 años en la catedral. También cumplió una importante labor
administrativa dentro del Arzobispado de Cochabamba, pues es diocesano. “Hemos
restaurado la catedral en muy buena forma porque estaba deshecha. En esa época
Cochabamba sólo tenía faroles, no había ni luz ni agua, era una pequeña
población de 22 mil habitantes. Tenía un tren eléctrico que entraba a la ciudad
e iba a Cala Cala y Vinto”, dijo y explicó que conoce la catedral como la palma
de su mano, igual que todos sus secretos.
Fue al Concilio Vaticano en 1962 y allí conoció al papa
Juan XXIII. “Fue muy largo. En varias tongadas se reunían como 2 mil o 3 mil
obispos. El Concilio tenía muchos temas como
la vida de la Iglesia y las cosas que faltan hacer”, explicó.
Fue testigo del sufrimiento de las madres, las esposas y
los hijos de los combatientes de la Guerra del Chaco, que mientras se
desarrollaba el conflicto bélico que enfrentó a bolivianos con paraguayos,
llenaban la catedral y las otras iglesias pidiéndole a Dios en sus rezos que
vuelvan sus seres queridos, que las balas no los toquen, que no pierdan la vida
por defender la patria. “Había mucha tristeza y mucha angustia. Todos hemos
sufrido mucho en esa guerra”, recuerda.
Desde sus iglesias, el padre Jiménez también vio los
Gobiernos de facto y las crueles consecuencias que dejaron sobre los opositores
políticos. “Los dictadores eran hombres malos, de malas entrañas, que
destrozaron a la humanidad. La Iglesia ayudaba a los perseguidos, hacíamos todo
lo que podíamos a favor del sufrido y del perseguido”, sostuvo.
Después de tantos años de vida y de haber visto las cosas
que ocurrieron en Bolivia durante el último siglo, asegura que “todos los
cambios son buenos, pero los cambios no se hacen en 24 horas como quiere hacer
Evo, que quiere hacer en 24 horas lo que no se ha hecho en miles de años,
porque las cosas que se quieren cambiar no se impusieron en un día, vienen
desde siempre.
Tiene que aprender a ser más paciente el presidente”,
aconsejó y recomendó que ayude a los indígenas a trabajar en el campo en
mejores condiciones y con mayor formación educativa.
Los últimos días de su vida se dedica a escribir poemas
históricos a través de los cuales intenta dejar, para las nuevas generaciones,
un poco de la historia que él vivió en Cochabamba
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