miércoles, 6 de mayo de 2015

Enrique y Gualberto: amistad de infancia que marcó sus destinos



Enrique y Gualberto: amistad de infancia que marcó sus destinos
 
 
“Padre… usted va a vivir todavía muchos años más”, dijo el papa Juan Pablo II al sacerdote Enrique Jiménez Rocha, que en esa época tenía 80 años, en el encuentro que sostuvieron en Cochabamba el año 1988. Las frases parecen haberse convertido en una profecía pues ya transcurrieron 23 años de haber sido declaradas por la máxima autoridad de la Iglesia Católica, y la salud del religioso, que ya tiene 103 años, sigue fuerte como un roble.

“Yo le estaba pidiendo la bendición. Él me bendijo y me dijo: ‘Padre… usted va a vivir todavía muchos años más…’, y yo sentí en él mucha bondad y mucha grandeza. Era un hombre que ha andado por todos los pueblos, un hombre universal que ha trabajado por todos y ha querido unir a todo el mundo. Él me regaló un rosario y me dijo: ‘Todos somos hermanos en forma ecuménica, Dios es para todos y somos hermanos hijos de Dios’”, explicó el sacerdote.

“Los médicos quedaron sorprendidos por su estado de salud”, dijo Carlos Rocha, el sobrino que cuida del padre Jiménez, quien además lo acompañó en la operación de apéndice a la que fue sometido el anterior 28 de enero. “Muchos médicos no se animan a operar a los ancianos porque temen que sus defensas no respondan como debe ser, pero después de hacerle los análisis y descubrir el perfecto estado de salud en el que se encuentra, el doctor Cornejo aceptó operarlo. Ahora él está muy sorprendido por la recuperación de mi tío, pues nos dijo que su cuerpo responde como el de una persona joven”, explicó.

Enrique Jiménez nació el 26 de enero de 1908 en Toco, pueblo en el que vivió su abuela hasta los 105 años de edad. Tuvo dos hermanos, el primero murió a los 96 años y el segundo, que es un militar retirado, tiene también 96 años y vive en Cochabamba.

Contrariamente a lo que la mayoría de las personas imaginaría, sus padres murieron temprano, a los 52 su madre y a los 54 su padre. Cuando entró al seminario, sus compañeros ponían en duda que pudiera concluirlo debido a su extremada delgadez, situación que además provocaba una serie de bromas pues sus amigos le decían que parecía una cañahueca con sotana. “Por decisión de Dios vivo mucho tiempo, otra cosa no puede ser. Yo no sabía hasta cuándo iba a vivir, lo único que yo le pedía a Dios era poder ser sacerdote, un solo día siquiera… Nunca pensé que iba a vivir tanto tiempo. Ahora ya no quiero celebrar misas… He dejado de celebrar misas para que la iglesia no esté mal servida”, agregó.

“Cuando yo era niño, jugaba a que era el cura. Oficiaba misas con mis amigos, siempre tuve esa vocación”, cuenta el sacerdote al explicar que toda su familia siempre fue muy católica y que en su decisión de ingresar al seminario pesó mucho su abuelo, quien pertenecía a la orden de los Franciscanos.

También habría afectado en esta inclinación, uno de sus mejores y más queridos amigos de la niñez, Gualberto Villarroel, de quien se decía que habría sido hijo de un sacerdote europeo de ojos claros (como los del exmandatario) llamado Quintín y cuyo real apellido ya no recuerda.

El sacerdote Jiménez comentó con sus familiares que el expresidente llevaba el apellido de una de sus tías, pues así lo registraron en la iglesia, y ni siquiera llevaba el apellido de su propia madre. Esta situación habría provocado en el padre Enrique Jiménez la necesidad de ser un buen sacerdote y cumplir con las reglas que Dios manda para ayudar, sobre todo a los niños. “Yo he trabajado mucho por hacer el bien. He ayudado a cinco niños a ser médicos, también tengo a tres arquitectos”, comenta.

Gualberto Villarroel y Enrique Jiménez fueron tan amigos que cuando el primero era jefe de Estado y el segundo párroco de Punata, vivieron más de una aventura provocada por la chichita punateña, que puso en aprietos al religioso por ayudar a su amigo presidente.

“Un día vino de visita su mamá que vivía en Muela. Era una señora buena. Ahí le habían invitado bastante chicha y se había embriagado. Así se vino a mi parroquia con su uniforme y su chicha en la mano. Yo le quité y le acompañé en ese estado. Él vino en carril y yo le acompañé por su seguridad”, dijo.

“Lo escondía para que la gente no viera que había tomado mucho y después mi tío nos contó que lo traía a Cochabamba. En esa época, los presidentes se hospedaban en el Banco del Estado”, recuerda su sobrino Carlos.

El padre Jiménez trabajó 50 años dando misas en las parroquias y 20 años en la catedral. También cumplió una importante labor administrativa dentro del Arzobispado de Cochabamba, pues es diocesano. “Hemos restaurado la catedral en muy buena forma porque estaba deshecha. En esa época Cochabamba sólo tenía faroles, no había ni luz ni agua, era una pequeña población de 22 mil habitantes. Tenía un tren eléctrico que entraba a la ciudad e iba a Cala Cala y Vinto”, dijo y explicó que conoce la catedral como la palma de su mano, igual que todos sus secretos.

Fue al Concilio Vaticano en 1962 y allí conoció al papa Juan XXIII. “Fue muy largo. En varias tongadas se reunían como 2 mil o 3 mil obispos. El Concilio tenía muchos temas como  la vida de la Iglesia y las cosas que faltan hacer”, explicó.

Fue testigo del sufrimiento de las madres, las esposas y los hijos de los combatientes de la Guerra del Chaco, que mientras se desarrollaba el conflicto bélico que enfrentó a bolivianos con paraguayos, llenaban la catedral y las otras iglesias pidiéndole a Dios en sus rezos que vuelvan sus seres queridos, que las balas no los toquen, que no pierdan la vida por defender la patria. “Había mucha tristeza y mucha angustia. Todos hemos sufrido mucho en esa guerra”, recuerda.

Desde sus iglesias, el padre Jiménez también vio los Gobiernos de facto y las crueles consecuencias que dejaron sobre los opositores políticos. “Los dictadores eran hombres malos, de malas entrañas, que destrozaron a la humanidad. La Iglesia ayudaba a los perseguidos, hacíamos todo lo que podíamos a favor del sufrido y del perseguido”, sostuvo.

Después de tantos años de vida y de haber visto las cosas que ocurrieron en Bolivia durante el último siglo, asegura que “todos los cambios son buenos, pero los cambios no se hacen en 24 horas como quiere hacer Evo, que quiere hacer en 24 horas lo que no se ha hecho en miles de años, porque las cosas que se quieren cambiar no se impusieron en un día, vienen desde siempre.

Tiene que aprender a ser más paciente el presidente”, aconsejó y recomendó que ayude a los indígenas a trabajar en el campo en mejores condiciones y con mayor formación educativa.

Los últimos días de su vida se dedica a escribir poemas históricos a través de los cuales intenta dejar, para las nuevas generaciones, un poco de la historia que él vivió en Cochabamba

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